Reflexiones con naturaleza

 

La Montaña Eterna

Gigante dormido bajo el manto azul, con la cumbre nevada que el cielo besa, te alzas silente, guardián de la luz, testigo mudo de la naturaleza. Tus laderas, un lienzo de verde y gris, donde el viento susurra viejas canciones, y el sol dibuja sombras, un dulce matiz, entre rocas desnudas y frondosos rincones.

Desde tu altura, el mundo se hace pequeño, un tapiz de valles, ríos y planicies, donde el águila traza su vuelo sereno, ignorando las humanas vanidades. Eres faro en la noche, guía en la bruma, un desafío constante a la voluntad, promesa de paz, que el alma perfuma, con la esencia pura de la libertad.

Tus entrañas guardan secretos de antaño, cristales ocultos, venas de metal, historias de eras, sin dolor ni daño, un corazón de piedra, ancestral y vital. Las nubes te abrazan en su paso lento, te visten de niebla, te dan un velo, mientras la lluvia limpia tu firmamento, y el trueno resuena en tu eterno desvelo.

A tus pies, la vida florece con brío, bosques frondosos, arroyos que cantan, hogar de criaturas, refugio y confío, donde las raíces profundas se plantan. Cada estación te pinta con nuevo color, del blanco invernal al ocre otoñal, un ciclo perfecto de inmenso esplendor, que nos habla del tiempo, eterno y fugaz.

Oh, montaña sublime, lección de grandeza, tu quietud inspira, tu fuerza conmueve, eres más que roca, más que belleza, un espíritu antiguo que nunca se mueve. En tu cima, el alma encuentra su calma, la mente se aclara, el espíritu vuela, eres la promesa, la eterna palma, que en cada ascenso, la vida nos devela.














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